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Enrique González, profesor combativo y campeón silente de 1960
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En 1960, en el Colo-Colo campeón de aquel torneo, se forjó la Unión de Jugadores Profesionales cuya primera directiva presidió Caupolicán Peña (29) con varios escuderos detrás, como los otros colocolinos Mario Moreno (24) e Isaac Carrasco (32), que justo en el verano del 60, entre los líos con los dirigentes, partió a Santiago Morning.

Tras ellos estuvo un joven de 23 años que aún no debutaba en Primera División, y que había llegado recién dos años antes a Colo-Colo desde el fútbol amateur. Pueblerino pero cultivado, observaba y cooperaba desde las bambalinas. Lo hacía, según cuenta 57 años después, porque veía las injusticias en que caían los futbolistas, tirados a la ignominiosa “Bolsa de Jugadores”, donde –sin contrato de por medio- quedaban a total merced de los directivos, literalmente sin derechos.

Aquel muchacho, hoy convertido en un joven de 80 primaveras, se llama Enrique González Valdés y cuenta aquí su historia.

¿De dónde surgió ese ímpetu sindical? Pues de su formación como profesor en la mítica Escuela Normal José Abelardo Núñez. Sí, González –21 partidos jugados en el Colo-Colo 1960- era a la par profesor de educación básica. Mientras era futbolista, después de salir campeón, jugar ante Real Madrid o Botafogo, hacía clases a niños de Pudahuel y luego de San Joaquín y Quinta Normal.

“Yo aprendí a leer y escribir siendo niño. Mi mamá Juana Valdés me enseñó. Éramos del campo. Mi papá Luis González fue un obrero agrícola, acarreaba sacos, hacía hortalizas, era empleado del Fundo Las Garzas, en Colchagua, que era una estación del ramal a Pichilemu. Ahí nací. Después nos fuimos a Apalta, cerca de Santa Cruz y luego a Peralillo. Recién ahí fue la primera vez que llegué a una escuela rural. Pero yo ya sabía leer y escribir”, recuerda Enrique.

González se fue cultivando. En sus últimas temporadas como futbolista, en Antofagasta a fines de los 60, hizo cursos de inglés complementando sus labores como pedagogo. Tres cursos en rigor. Una nota de la época de revista Estadio reseña: “Un futbolista que lee a Rousseau, disfruta con Beethoven y trata de penetrar en la filosofía de Nietzsche y Sartre”.

“Tengo libros de esos todavía. Me encontré con esa gente cuando estudié. Cuando tenía que exponer algo, lo hacía con temas de literatura o filosofía. A veces de astronomía también. Yo me hacía muchas preguntas. El autor que me gustaba era Cervantes. Sus libros yo creo eran como de rechazo a los caballeros andantes. Él ridiculizaba eso. Y lo de la música, la verdad, fue un tiempo. No voy a decir que era fanático o entendido. Un tiempo me agradó escuchar a Beethoven”.

enrique 1 ¿Era atípico eso en el fútbol de los 60?
“Sí. Nunca tuve conversaciones de este tipo casi con nadie del fútbol. Pero en Colo-Colo fuimos profesores Caupolicán Peña, Bernardo Bello y el entrenador Hernán Carrasco. Una vez leía la historia sindical chilena, llegó Caupolicán y conversamos del tema”.

¿Le gustaba la política?
“Soy de la gente más humilde. No estuve nunca inscrito en partido político pero soy cargado a la izquierda. Voté por Allende, era de Allende”.

¿Le pasó algo tras el golpe de Estado?
“Varias veces me tomaron detenido pero siempre fue por los toques de queda. En el colegio hacíamos actividades y después, repartiendo a colegas en la noche en el auto, me detuvieron algunas veces. En una oportunidad me llevaron detenido y un joven empezó a recriminar a los carabineros. ‘Pacos tales por cuales, van a ver cuando se encuentren con mi tío’. Dio a entender que tenía familiares en el gobierno. Los carabineros se aburrieron, nos sacaron a todos del calabozo y nos pusieron en fila. Un paco fue uno a uno pegándole combos a todos. Cuando iba a llegar a mí, dije: ‘Espérese un poco. A mí me operaron de la cabeza (por un accidente en auto que tuve). Si usted me pega en la cabeza yo lo voy a demandar’. Pero todo fue pa la risa. Como no podía pegarme en la cabeza, me pegó una patá en el poto (risas)”.

Igual era ruda la época ¿No? Siendo profe, ¿No estuvo en protestas o marchas?
“Salíamos a protestar y hablábamos contra los gerentes. ‘Gerentes / ladrones / el pueblo ya ni come’. Había uno que gritaba y pesaba como 120 kilos (risas) ¿Miedo? Es que nunca nos apalearon. Siempre decíamos: ‘Somos profesores’ y no sé… Una vez nos detuvieron, también en toque de queda. Digo: ‘Soy profe, ando dejando a unos colegas’. Y me dicen: ‘Ya vaya nomás que más allá lo van a llevar preso igual’. Llegué más allá y otro paco me detuvo y me hizo esperar en el auto un par de horas. De ahí me fui”.

La educación fue su pasión, tal como el fútbol ¿Cómo se hizo futbolista?
“Por el club amateur Juvenil de Peralillo. Su sede estaba al lado de nuestra casa. Yo tenía como 10 años y cuando llegaban los socios a jugar pimpón o a leer a una biblioteca que tenían, yo pescaba una escoba y me ponía a barrer. Ahí también vi el fútbol. Existían tres jugadores muy buenos, de esos que se pierden en los campos: Ernesto Riveros, Raúl Labra y Luis Quitral. De cabro chico lo único que quería era jugar por el Juvenil y ser como uno de esos tres. Empecé a jugar de delantero centro, con 16 años ya estaba en adultos, aunque debuté como wing derecho”.

¿Escuchaba partidos por radio?
“Sí, por radio. En el sector había unos ‘turcos’ que tenían un negocio. Ellos prestaban una pieza para que fuera la sede del Juvenil. Esa familia, rebuenas personas, tenían una de las únicas radios del pueblo. Había dos vehículos y como dos o tres casas con radio. Uno de los ‘turcos’ era back centro del Juvenil, el Cumsille, y escuchaba los partidos. Él nos comenzó a invitar a escuchar los partidos a su casa.
Ahí conocí a Colo-Colo. Era hincha de Colo-Colo a través de la radio, aunque más que escuchar partidos de Chile escuchábamos partidos de Argentina: Racing, River, San Lorenzo…”

¿Y cómo se hizo colocolino?
“No sé. Recuerdo que una vez estaba chico y escribí una carta. Y puse ‘Enrique González, defensa de Colo-Colo’. Tenía como 10 años. Yo jugaba las pichangas con alpargatas con suela de cáñamo. Una vez el presidente del club dijo que iba a Santa Cruz, que era una ciudad más grande. A mí se me ocurrió encargarle zapatos de fútbol ‘¿Cuánto costarán?’ ‘Unos 100 pesos’, me dijeron. Y yo le robé 100 pesos a mí mamá, que en esos tiempos era plata po. Habré tenido unos 13 o 14 años. El señor Ortiz me trajo los zapatos y me dijo: ‘Me debe 10 pesos. Costaban 110’. Eran blandos, aunque no de mucha calidad. Después mi mamá me consiguió que entrenara en una Escuela Granja (Agrícola)…”.

Pero antes de eso ¿Lo retaron?
“No. Nunca supo mi mamá (risas)…
En la Escuela Granja era condición que los alumnos llevaran zapatos de fútbol. Ya los tenía (risas).
Igual en la casa en Peralillo arrendábamos una pieza. Una señora que arrendaba tenía un hijo internado y un día la señora tenía un cajón con zapatos. ‘Son de mi hijo que está en Santa Cruz en el instituto. Ya no los usa’. Ahí saqué el segundo par de zapatos de fútbol que tuve”.

¿Cuál fue su primera vez en el estadio?gonzalez
“Una vez un profesor de la Agrícola arrendó una micro, una cacharra, y viajamos a ver un ‘Clásico Universitario’. Tiene que haber sido como el año 48. Estaba muerto de contento porque por la radio siempre hablaban de Sergio Livigstone. Lo único que quería era ver a Sergio Livingstone. Pero resulta que atacaba la pura Católica ¡No lo pude ver! (risas). Solo vi a Mario Ibáñez, el arquero de la Chile”.

Usted juega por la selección de Curicó y allí conoce a Luis Hernán Álvarez ¿Cómo llega allá?
“Un profesor de la Agrícola me convenció para estudiar pedagogía. La Escuela Normal más cercana era la de Curicó. Me fui a estudiar internado y seguí jugando fútbol. Empecé a jugar en el Wellington (club amateur) y después por la Normal. También empecé a jugar básquetbol”.

En los 50 en Curicó estaba el Club Alianza que funda la Segunda División
“Sí, sí. Lo íbamos a ver. Yo pagaba pensión los fines de semana muy cerca del Estadio de Carabineros, en calle Manuel Rodríguez. Ahí jugaba Alianza la mayoría de las veces, caminaba tres cuadras y llegaba”.

¿Por ahí conoce a Luis Hernán Álvarez? Igual él es dos años menor que usted
“El papá de Luis Hernán Álvarez era una figura extraordinariamente conocida y querida del Wellington. También participaba del Cuerpo de Bomberos. Le decían ‘El Capitán’. Y a Luis Hernán le decían ‘El Capitancito’. Él jugaba por las infantiles del Wellington y todos los años salía scorer del torneo. Él estudiaba en el Liceo y cuando terminó sexto de humanidades se fue a la Normal. Y pasó algo después, una historia que seguramente él nunca la contó. Mis compañeros de la Normal me tienen citado para el 4 de noviembre a compartir con todos los normalistas en Curicó y tal vez ahora recién la conocerán”.

¡¿Cuál es la historia?!
“Empecé a jugar por la selección de Curicó y fuimos a un Nacional Amateur en María Elena, en el norte. Ahí me vieron y me hablaron de Colo-Colo. En ese torneo también jugó Luis Hernán pero se dice que desde ahí lo trajeron a Colo-Colo pero no fue así. Él llevaba unos tres meses ya en Colo-Colo y ellos le dieron permiso para jugar por Curicó el Nacional.
Y pasó lo siguiente. Como yo a Colo-Colo le pedí autorización para terminar los estudios, se suponía que Hernán tenía que hacer lo mismo. Los dos éramos alumnos de la Normal Abelardo Núñez en la Quinta Normal. Yo iba a clases toda la semana y entrenaba solo los jueves. Pero Hernán lo hizo al revés. En un consejo de profesores vieron la asistencia y aquí viene lo duro, seguramente nunca lo contó él: Cuando se dieron cuenta que no iba a clases expulsaron a Hernán Álvarez. No se tituló de profesor.
Mire, con Hernán llegamos a Colo-Colo el 58 y juntos nos retiramos en Antofagasta el 69. En alguna oportunidad me dijo, sentido. ‘Los que estudian pa profesores son huevones’. Nunca se me va a olvidar.
Era muy rápido, excelente jugador, pero tenía un problema hepático. Andaba con una pulsera de género. ‘No es género, es de cuero de león’, me decía. Me contó que se sentía disminuido físicamente y usaba eso para superarse”.

El fútbol sesentero

Enrique dice que no jugó tan bien ese mítico Nacional Amateur en María Elena. Era 1957.

Por cierto aceptó jugar por Colo-Colo pese al sueldo “para la risa”: 20 mil pesos. Comenzó a entrenar con la Reserva, estudiar en la Quinta Normal y vivir en una pensión en San Eugenio, junto a otro joven coterráneo de Peralillo.

“De las cosas más bonitas que me pasó en el fútbol fue haber conocido a don Manuel Muñoz. Era mi ídolo y todavía es mi ídolo. Primero lo escuchaba por radio y después vine a Santiago, fui al estadio, y lo vi. Fuimos compañeros”, relata.

“Es que imagínese: Era mi ídolo y después mi compañero. Una vez cerca de San Eugenio, de la pensión, me vio. Conversamos un rato y me acordé que mi mamá le había mandado una chuica de chicha a la señora que me daba pensión. Lo invité a probarla. Resulta que era costina, un poco fuerte, y se anduvo mareando (risas). ‘Cuando me vay a invitar a tomar más chicha’, me decía después”.

González, instalado en Santiago, seguía en dos bandos. El jugador y el profesor, siempre.

“Me faltaba un año para recibirme de profesor. Los dirigentes se paletearon, como se dice. Jugué por la Reserva dos años y siempre me tocaba marcar en las prácticas a Cuá Cuá. Así es que cuando debuté ya estaba preparado”.

enriqueDebuta en 1960
“Sí. Recuerdo un partido cuando Carrasco reemplaza a Flavio Costa (N. de R: cuarta fecha del torneo, aunque en rigor González debutó en la primera fecha, ante Magallanes), enfrentábamos al puntero, Palestino, y Caupolicán Peña se hace el lesionado. Carrasco tuvo que armar un equipo. En la Reserva jugaba de 5 pero me puso de 2. Nunca había jugado de 2. Ganamos 3-1. Hernán Carrasco era excelente, conmigo se portó muy bien. Él después me puso de 6 reemplazando a Mario Ortiz. En ese Colo-Colo del 60 había un grupo: Mario Moreno, Cuá Cuá, Juan Soto, Jorge Toro y Mario Ortiz era el grupo fuerte. Así que cuando volvió Ortiz lo pusieron y yo volví a jugar de 5”.

¿Cuál era su lote?
“No era mi lote pero me juntaba con los que éramos de la Reserva. Guevara, Montalva, Pancho Valencia y Juan Ramírez, que era muy callado y jugaba muy bien.
En un entrenamiento le quité una pelota a Jorge Toro, limpiamente. Salgo con ella. Y Jorge Toro, que en su vida le había pegado una patada a alguien, me sigue por detrás y me manda ‘la chuleta’ ¡Sin pelota! Me doy vuelta y lo levanté de una patada. Al terminar el entrenador, Carrasco, nos dijo que había que jugar con cuidado, evitar el juego brusco. ‘Enrique, lo que usted hizo no estuvo bien. Ojalá que no se repita’, me dijo. Y yo me paré en la hilacha: ‘Mire don Hernán: Si usted estaba viendo, vio que a Jorge le quité una pelota limpiamente. Él me siguió a pegarme una patada. Le digo al señor Toro y a cualquiera que si me pega una patada así le voy a pegar tres patadas de vuelta. Y si quiere combos, aquí estoy’. Todos callados y don Hernán dijo: ‘En realidad Jorge usted fue el causante’. Ahí se acabó el resquemor que tenían conmigo”.

¿Era difícil entrar al grupo?
“Sí, es que eran buenos. Pero yo había jugado bien ya. Me la había ganado”.

Cuente alguna anécdota de ese título
“Colo-Colo se concentraba en el centro, en un hotel bien lujoso. Como a tres cuadras de la Alameda. Aparecieron unos famosos colchones CIC y todos los hoteles los tenían. Pero resulta que yo me pasaba dando vuelta toda la noche. No dormía nada. Pasaba que mi mamá tenía ovejas y hacía muchas cosas de lana, mantas y colchones. Mi mamá los hacía. Cuando me vine a Santiago me traje los colchones a la pensión. Dormía cómodo y calentito.
Un día hablé con el profesor Carrasco. Le dije: ‘Estoy jugando trasnochado’. Le expliqué.
Él me dijo: ‘Ningún problema, váyase a la casa nomás’.
Terminábamos de cenar y yo me iba a la pensión. Salía caminando, tomaba una micro en Alameda, la 34 y la 35 y llegaba a dormir a mi casa.
Los dos años en Colo-Colo solo me concentré los dos o tres primeros partidos. Estoy muy agradecido del señor Hernán Carrasco”.

Él sabía que usted se iba a la casa. No creo que hubiera permitido a todos irse
“Mire… A ver (piensa). Cuando me fui de Colo-Colo al Chago Morning, en el primer partido me di cuenta que la había embarrado con haberme ido (N de R: tras solo dos temporadas y 35 partidos jugados). Fuimos a jugar al sur en una micro. Nos citaron a la sede. Cuando llego, en el asiento de atrás, el utilero raja de curao. El utilero era hermano del Cuá Cuá. Resulta que al entrenador de nosotros también le gustaba el copete. Julio Varela se llamaba y estuvo como cinco años en el Chago.
En el segundo partido me dejó fuera. Un vecino que tenía, hermano del futbolista Mario Lorca, conocido de Varela, amigos, me dijo que le preguntó por qué me dejaba afuera. Y Varela le respondió: ‘Es que el huevón no toma vino po’. Él tomaba con los jugadores”.

Hábleme de Cuá Cuá Hormazábal
“Tengo que defender a Cuá Cuá. Él era una persona buena onda, simpático, buen compañero dentro de la cancha. En una oportunidad un jugador rival de mayor experiencia me pasó a llevar y Cuá Cuá se acercó altiro: ‘Qué te pasa con el cabro concheeee… Te las vay a ver conmigo’. Me acuerdo de la defensa y la actitud del Cuá Cuá. Tal vez su problema fue de no estar al tanto del comportamiento que debe tener una persona frente a otras personas. Yo una sola vez le vi una situación que realmente me dio vergüenza. Estábamos en un hexagonal de verano, estábamos concentrados en el hotel Carrera, lo mejor que había. Pero había otro equipo más y extranjeros a la hora de la cena en el salón. Ahora, cuál era la afición de Cuá Cuá y que para él era su juguete preferido, era estando en la mesa, y teniendo a cinco metros más allá a otra mesa con compañeros, tomar un pan y empezar a sacar las migas, miraba de reojo, y tiraba, de pierna arriba, empezaba a silbar, y tiraba migas de pan… Él se sentía feliz con eso, imagínese. Él no tomaba en cuenta de que no estábamos solos. Había otro equipo, creo que era Botafogo. Si estábamos dos horas ahí, las dos horas tiraba migas. La gente empezó a retirarse, nos retiramos todos y veo el piso ¡Lleno de migas de pan! ¡Por todos lados! Por eso Fernando Riera lo termina sacando del Mundial. Ahora de Cuá Cuá contaban muchas cosas graciosas. Él pasaba por fuera de la casa de una adivina, de una bruja. En una oportunidad andaban con un poquito de copete, pero no concentrado ni nada. Y tocaba la puerta y preguntaban de adentro ‘¿Quién es?’. Y Cuá Cuá respondía: ‘Adivina po’ (risas)”.

¿Cuál fue el delantero que más le costó costó marcar?
“Marqué a Pelé, Amarildo, Puskas, Di Stéfano… Pero el que más me costó marcar fue Honorino Landa. Por su velocidad, dominio de pelota y el estar siempre pendiente de hacer algo, por último chacoteando o moviéndose. Ante Honorino Landa me saco el sombrero. Si alguien me hizo correr fue Honorino Landa”.

González saca lo suyo. Estuvo en una selección nacional previa al Mundial del 62. “Era mejor que el Pluto Contreras y Eladio Rojas. Debería haber estado pero pienso que la embarré nomás. Reconozco que me equivoqué”, sentencia seguro y autocrítico, como cuando jugaba: “Contra Ferro empecé malísimo, desubicado, sin chispa, sin ver mucho más allá de mis ojos”, dijo en una entrevista en 1960. “Con los rivales más bravos es cuando cumple mejor”, escribió de él Julio Martínez en “Estadio”. “Un defensa con desplante, sobrio y tranquilo”, complementó en las mismas páginas Antonino Vera.

“Hice solo dos goles en mi carrera. Una vez jugamos un amistoso en Copiapó y Flavio Costa me puso de 9. Yo estaba debutando en amistosos. Primera pelota que toqué y gol. Le pegué casi de la mitad de la cancha. El otro gol fue ante la Católica cuando fuimos campeones (N. de R: 5-2 final en 1960). Fue también de lejos”.

Enrique -padre de Enrique Andrés e Iván Alejandro, esposo de Amparo- se despide en su casa, en San Miguel, comuna donde hace poco dejó sus labores como colectivero. “Esta casa me la compré cuando jugué en Colo-Colo. Después de mi familia es lo mejor que tengo”. Lo dice con sapiencia mientras camina con agilidad. Como el cruce de lo que siempre fue: profesor y futbolista.