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A fondo con Eduardo Vilches, el sigiloso campeón del 91
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Luego de casi un cuarto de siglo radicado en México, Eduardo Lalo Vilches regresó a su natal Colina. El jugador que más minutos sumó en la Copa Libertadores 91 –tras Pizarro y Cheíto- ese del equilibrio, el hombre táctico, el amigo de todos, uno de los más regulares, y que antes de llegar a coleccionar copas en Colo-Colo fue campeón con Católica en 1987, se había establecido en Norteamérica porque también se lució en Necaxa, el equipo de Don Ramón.

Vilches, silenciosamente como siempre, está de vuelta en este mismo Santiago de Chile que recorría de punta a cabo cuando con 15 años soñaba con ser futbolista.

Lo del recorrido y las distancias ha sido el gran tema de Vilches en su vida. El trazo largo. La cosa difícil. De Colina a San Bernardo para iniciarse en Magallanes; del paradero 10 de Maipú a San Carlos de Apoquindo, para irse a entrenar a la UC; de San Bernardo al Monumental, cuando cambió de hogar y de equipo en 1989… En México vivía en Interlomas y para ir a entrenar con los Rayos también debía cruzar Aguascalientes.

“Lo he pensado eso ¿De qué se trata? No encuentro la lógica. Pero sí, lo mío parece que son las distancias. Y la distancia para mí, es resistencia. Y la resistencia es la constancia. Tengo que ser constante y resistente para mantener un ritmo y poder llegar. Para poder cubrir esa distancia”.

El niño Vilches sabía que iba a ser futbolista. Era el clásico chico que mañana, tarde y noche andaba tras la pelota: “Siempre fui apasionado del fútbol y siempre fui hincha de Colo-Colo. Mi abuelo y mis amistades también. Y lo que veíamos en la calle, era Colo-Colo. Era la época de Colo-Colo 73. Yo tenía 10 años y dije: ‘Algún día quiero jugar en Colo-Colo’”.

Vilches jugaba en la selección de Colina y en su club de barrio “Población Chile”, siempre de defensor central. En un torneo en Recoleta lo vieron de la U, lo pre-seleccionaron y entrenó un par de semanas hasta que “lo mandaron a la casa”. “Donde sí me fui a probar fue a Unión Española después, porque era mucho más cerca. Y no me dejaron. Salí frustrado, muy dolido, pero yo sabía que tenía condiciones. Después supe que dos amigos de Colina estaban en Magallanes, los hermanos Riquelme. Les pregunto: ‘¿Cuándo son las pruebas?’. ‘En verano’, me dijeron. Y yo pensé: ‘A lo mejor me tengo que preparar más’. Salí a correr, por toda la comuna, me iba a los cerros, me preparé, llego a las pruebas y quedé. Eran finales de los 70, tenía 15 años”.

Viaje por una ilusión

eduardo_vilches El Colina de los 60 era un pueblo rural. Si hoy cobija a cerca de 113 mil habitantes (con un crecimiento casi del 50% en la última década, el mayor de la Región Metropolitana junto a Lampa y Quilicura), en 1963, año del nacimiento de Lalo Vilches, vivían allí solo 2.500 personas.

Con poca conexión con Santiago, no había un liceo para enseñanza media. Ir a la capital era tomar un boleto al extranjero. Ese viaje comenzó Vilches.

Al terminar la educación básica, partió a estudiar al Instituto Comercial HC Libertadores, en Independencia. Y el itinerario era de película: A las 6:00 AM salía de su casa al Liceo. Luego caminaba a la Estación Mapocho, para tomar una micro destino a San Bernardo para entrenar en las cadetes de Magallanes ¿Recorrido en época sin autopista?: Teatinos, Nataniel, Gran Avenida. “Salía a la hora peak con mucho tráfico. Se tardaba muchísimo. No había dinero como para tomar un taxi o un colectivo. Después de entrenar salíamos tipo 7:00 de la tarde y hacíamos la travesura de subirnos al tren. Corríamos hasta subirnos. Y luego corríamos de vagón en vagón. Llegábamos hasta Estación Central o a veces unos llegaban a Mapocho. A las 9:00 o 10:00 de la noche llegaba a la casa”.

“Terminé primero medio y dije: ‘No tengo tiempo’. Dejé los estudios a un lado y me dediqué cien por ciento al fútbol. Viajé varios años así. Repetí Primero Medio, es que no me daba para estudiar, era por el tema de las distancias. Le dije a mi mamá: ‘Dame chances hasta los 23 años. Si no debuto, me retiro y me pongo a trabajar en el día y estudiar en la noche’”.

Yeya, Chavelita, Isabel, la madre, lo apoyó. Dedicado a full al fútbol, el camino siguió dificultoso. Tras un par de años en el largo viaje camino al éxito, Magallanes lo becó. Bajaron los viajes hasta que salió la opción de Malleco ¿Malleco? Sí Malleco de Angol, ubicado a 570 kilómetros al sur.

Las distancias. Como las distancias y el trayecto largo era lo de Lalo, su estreno en el fútbol profesional fue allí, en Angol. En 1981, a préstamo en un club de Segunda División.

¿Costó mucho irse tan lejos y solo?
“En el fútbol te ganas el tema de las amistades. De repente se gana, y vamos a una fiesta, vamos a este otro lado. En eso estaba muy claro. Dije: ‘¡No! Yo, a lo que vengo, a concentrarme en lo mío’. Me dediqué al cien por ciento. Eso viene de los sueños, la ambición, las metas que uno quiere. Yo tomé la decisión y dije: ‘Me voy a dedicar al fútbol pero no quiero ser uno más. Quiero hacer la diferencia’”.

Al regreso, aunque en Magallanes estaba uno de los jugadores que él miraba, Alberto Quintano, debió purgar otra temporada en juveniles. “Estaba tranquilo-nervioso. Trataba de no demostrar mi ansiedad pero sentía que estaba a un paso de debutar (en Primera). Uno como joven tiene el ímpetu de querer hacerlo ya”.

Hasta que el entrenador Jaime Campos lo hizo estrenarse en 1983 en Primera División con Magallanes: “Lo recuerdo claramente: Le ganamos 2-1 a Universidad Católica”.

Y ganan la Liguilla ese 83; clasifican a la Copa Libertadores
“Sí, es que era un equipo muy competitivo. Era muy difícil sobre todo para los equipos grandes. Era un equipo muy fortalecido físicamente y técnicamente también”.

El 82 al menos compartió entrenamiento con Alberto Quintano en Magallanes ¿Qué otros jugadores le gustaban?
“Sí, entrené con él pero no tuve la fortuna de jugar con él. Te soy honesto: no tenía un jugador que me llamara la atención en particular… Aunque había uno, un central francés, (Marius) Trésor. Cuando lo vi jugar dije: ‘¡Guau!, cómo juega este tipo, cómo juega’. Yo creo que él me inspiró.
Claro, estar al lado de Alberto Quintano, o lo que uno escuchaba de Elías Figueroa, Rafael González o Herrera, el mismo Edgardo Fuentes, eran jugadores íconos. El León Astengo, la fuerza que tenía. Me inspiraba prácticamente en todos, pero quien me llamó mucho, mucho la atención fue el francés”.

En 1986, luego de estar el año anterior en Copa Libertadores –ganando incluso a Bellavista en el Centenario de Montevideo- Magallanes descendió. “Nos faltó experiencia, por eso descendimos. Yo estaba recién casado, tenía un hijo y otro en camino. Se me vino el mundo abajo. El profe Pancho Greel de Magallanes me dio un consejo: ‘Ya va a llegar tu oportunidad. Debes estar tranquilo’”.

¿Y de repente llega la oferta de Católica?
“¡Uf!, sí, yo saltaba en un pie. Pasé todo ese verano (1987) tan mal, estaba tan mal, que me fui a vivir con mis exsuegros. Los meses en Magallanes eran de 90 días. Y de la noche a la mañana me llama Lucho Pérez y me dice: ‘El profe Nacho (Prieto) quiere hablar contigo’. Yo decía por dentro: ‘¿Quiere hablar conmigo? ¿Qué raro?’. No entendí. Me llamó y me dice si quiero ir a Católica. Yo dije: ‘Me están hueveando (risas)’. Estaba feliz”.

¿Llegó a otro mundo?
“Cuando llego a Católica, voy con mi bolso. Acostumbrado a ir a Magallanes con tu propia ropa, con tus vendas, con tus zapatillas, zapatos, toalla, todo. Llego a San Carlos, allá arriba, con mi bolsito, y veía el canasto, ¡y en el canasto tenía de todo para entrenar! En la casa no me podían creer. Volví con mi bolsito… ‘¿Y qué? ¿No entrenaste hoy día? (risas)’”.

Fue un cambio rotundo
“¡Un cambio! Si ganaba 2 en Magallanes, ahora ganaba 10. Me pude comprar casa, me compré mi primer auto. Yo no tenía contrato profesional con Magallanes. Era excadete. A los 23 quedé libre y me fui con mi pase. Se lo hablé a Cristian Lyon (dirigente de Católica) y ya, vamos”.

¿Cómo fue el paso por Católica? Salen campeones, pero más allá: ¿Qué le dio Católica a usted como futbolista?
“Magallanes era un equipo profesional, no quiero restarle mérito al preparador físico ni a nadie de aquel entonces, pero desde mi punto de vista, solamente trabajábamos la parte física, pero no teníamos exámenes por ejemplo. Cuando llego a Catolica me profesionalicé. Llego a Católica y me dijeron: ‘Tienes que bajar de peso’. Y a trabajar en la parte física. Y veía que trabajaba más. Claro, acá subíamos cerros, hacíamos pesas, comandos, guerrilleros, pero acá (en Católica) ¡Ayayay!. Ese Chepo Sepúlveda, ¡Cómo nos hacía correr!
Pero me sentía muy bien. Era uno de mis fuertes. Me profesionalicé deportivamente hablando y económicamente ni se diga. Aprendí mucho en Universidad Católica. Una gran institución, muy ordenada.
Aunque mis sueños eran otros: ‘Falta todavía, falta todavía’ (me decía)”.

¿Colo-Colo?
“Es que es el equipo que siempre soñé.
Al finalizar el 88, yo había firmado dos años con Católica, me llamó Arturo (Salah) y fue todo rápido. Yo quería estar ahí. Era mi idea. Y aprendí que cuando estás en un equipo pequeño, dices: ‘Este fin de semana vamos a jugar contra Colo-Colo’. Y vas, vienes, vas, vienes, trabajas… Y al partido siguiente ¿Palestino? Menos. Pero estando en Colo-Colo eran finales todos los fines de semana.
Me tuve que volver a preparar. Volver a bajar de peso. La exigencia fue cada día más ¡Cómo me sentía físicamente y anímicamente! Me sentía súper bien. Me comía la cancha”.

Muchos jugadores hablan muy bien de Salah
“Desde mi punto de vista, antes que nada, Arturo es persona. Y eso es lo que vale. Un tipo educado, correcto. Un caballero. Lo mismo que Nacho (Prieto)”.

El campeón de América silencioso

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Era el 6. Vilches era el volante central en una inédita línea de líbero y stopper para el fútbol chileno (aunque en los 80 ya la había ocupado José Sulantay dirigiendo a La Serena).

Puede ser raro, pero el que Vilches cumpliera una pega tan relevante en el equipo, tenía lógica: Desde que llegó en 1989 fue titular siempre en el Cacique. En el primer título nacional, con Salah, jugó 27 de 30 partidos. En el Apertura de ese 89, donde Colo-Colo también campeonó, fue el que más jugó (anotó de hecho dos goles, a Valdivia y San Luis). El 90 estuvo en 25 de 30 del Oficial y fue el que más minutos marcó en la Copa Chile. Al 91 llegó entonces con cuatro torneos jugados y cuatro ganados, totalmente empoderado en el equipo de los colocolinos de base: Garrido, Pizarro y Ormeño.

Varios compañeros suyos dicen que usted fue de los más regulares de la Libertadores 91. Pero por otro lado no fue el que más salió en las portadas
“Pasé inadvertido porque en el fondo, qué hace el periodismo. Aunque no es todo, pero la gran mayoría dicen: ¿Qué es lo que vende hoy? Alexis Sánchez, Vidal, Pitbull, ya, vamos para allá.
Perfecto. Pero ¿Dónde está Aránguiz? ¿Dónde está Díaz? En ese año 91, fue mi mejor momento, y jugué en esa posición, de contención. Fui el equilibrio.
Por eso yo alabo a Aránguiz y Díaz. Claro, los otros también harto han hecho, pero desde mi punto de vista, ellos han sido el equilibrio de la selección. Jugando los dos, el equipo no se parte”.

¿Es un poco el karma del contención? El de hacer la pega silenciosa, el que pasa desapercibido, que no tienen tantas luces
“Puede ser. Pero las luces ¿qué quieren? Al que hace el gol o al que ataja el gol. Se van a los extremos ¿Y los del medio? ‘¡Ah! ¡Apareció uno! ¡Ah, mira! Mantiene su nivel’. Pero más allá no pasa.
Ahora, en la parte personal, yo sé que hice excelente campaña, extraordinario torneo, y de acuerdo a cómo yo me desarrollé, también soy figura, también soy estrella”.

Usted se sintió importante
“Por supuesto. Pero yo me sentí importante para el proyecto, para lo que era el equipo. No para el periódico, nunca me interesó. Sabía que yo igual tenía que rendir”.

Igual hay un reconocimiento siempre de los técnicos y de los compañeros al menos. En la interna lo hacían sentir importante
“Eso me enorgullece. Después de tanto tiempo se está viendo el trabajo que uno hizo. Que mis compañeros digan eso, me siento orgulloso. Yo no lo había escuchado o leído”.

¿Qué significa ser un jugador táctico?
“Para mí es el equilibrio de un equipo. El jugador táctico es el que está visualizando la jugada y estás en el momento preciso para poder interrumpir la jugada o para poder apoyar la jugada.
Yo creo que el jugador táctico cumple muchas funciones dentro del campo de juego, como el cubrir. Cuando sube un lateral se ocupa esa posición… Es un conjunto de muchas cosas que suceden dentro del campo de juego. Tienes que pensar rápido, actuar rápido. Es muy importante la comunicación que exista dentro del campo de juego.
En Colo-Colo 91 muchas veces nos enojábamos y nos decíamos las cosas fuerte. Pero teníamos la capacidad de recepción de decir: ‘Ok, tiene razón lo que me está diciendo mi compañero’. Nunca nos enojamos. O sí, pero igual hacíamos las cosas.
Como el equipo fue muy compacto, muy homogéneo, llegamos muy lejos”.

¿Hablaba más con usted Mirko, por su ubicación en la cancha?
“No, Mirko hablaba muy poco. Pero yo creo que nos revolucionó tácticamente. Antes jugábamos con cuatro (defensores) y cuando llega Mirko jugábamos con tres. Y yo me metía aquí (señala en la mesa la zona de los defensas centrales). A ratos se tenían que abrir los stopper y yo me metía, volvíamos a una posición de cuatro, pero jugábamos con esos dos (carrileros) abiertos.
Mirko, entre su español, croata, yo no le entendía ni madre (risas). No le entendía nada, nada.
Me pasó algo muy particular con Mirko: Estábamos en un entrenamiento, venía el ataque por acá (señala la zona derecha de la defensa) y la lógica indica que yo me mueva hacia allá. El volante engancha y hace el cambio de lado. La lógica indica esto (y el stopper izquierdo se abre a su banda, el líbero lo apoya y Vilches, como 6, se ubica como central derecho). Este cabrón de Mirko, viene la pelota, frena, la cambian de frente, y él ¡quería que yo fuera para allá! (como volante central, que corriera al otro lado de la cancha, no que se moviera el bloque).
Yo le dije: ‘Sí, claro que llego, pero tráeme una moto (risas)’. ¡Cómo voy a llegar allá, imposible!
Pero él te sacaba el orgullo, y ese coraje uno lo sacaba en la cancha. ‘¿Quiere que vaya para allá? ¡Ya! Voy allá y corro ¿Vuelvo? ¡Vuelvo!. Aunque no llegue, o llegue tarde’.
Mirko nos revolucionó tácticamente y nos ayudó en ese entonces. Fue una revolución total”.

Se habla del partido con Universitario como clave, o con Boca ¿Para usted, cuál fue?
“Todos. Todos son claves. Si no ganábamos uno, quedábamos en el camino. Sí, el momento para mí más cúlmine e importante, fue cuando empatamos con Olimpia allá, el primer partido (final). Ahí yo dije: ‘Noooo, esto lo ganamos. Lo tenemos que ganar’. De ahí yo me vine convencido. Y también me vine convencido del partido contra Boca. Terminó (en Buenos Aires) y yo dije: ‘Allá le ganamos. Le ganamos. Le ganamos porque les tenemos que ganar’. No me preguntes cómo, pero es el sentimiento que teníamos en ese momento. ‘Les vamos a ganar, allá les vamos a ganar’.
Yo creo que en ese momento la convicción que uno tiene de decir: ‘Sí, son difíciles, pero no imposible’”.

Morón tenía mil cábalas y varias están contadas ¿Usted tenía alguna?
“Yo lo único que pedía era entrar a la cancha, me persignaba y le pedía a dios: ‘Hágase tu voluntad y que no salga ningún lesionado’. Ni de allá ni de acá, que no salga ninguno lastimado. El resto, depende de nosotros. Me persignaba entrando y saliendo de la cancha”.

Previo a la final usted concentra con Lucho Pérez ¿Cómo fue esa noche? Se conocían de chicos
“Como nos conocíamos de Magallanes, nos conocíamos tanto, fue: ‘Ya, ¿Cómo estay? Tranquiiiiilo. Ya, a dormir, hasta mañana. Listo”. No recuerdo si le dije algo o no al Enano, pero la confianza siempre la tuvo. De todo el plantel. Eso fue lo más importante. Él estaba un poco angustiado, quizás no estaba al cien por ciento, porque había fallecido su abuelita, y tenía un dolor. Pero yo creo que lo quería tanto la abuelita que bajó para ayudarle e hizo los dos goles. El Enano tuvo momentos agridulces antes. Después, ni se diga.

Cuando es campeón y queda la locura en la cancha ¿Se acordó del chico que viajaba tres horas entre Colina y San Bernardo?
“Sí (Hace una pausa).
Me acordé de que se había llegado a la cúspide. Donde ese niño quería estar. Donde ese niño sí hizo la diferencia. De eso sí me acuerdo. Sí, hice la diferencia. La diferencia en el sentido de que Colo-Colo había tenido ya final de Libertadores pero ahora escribimos la historia nosotros.
Me emocioné, lloré, se te vienen muchos momentos a la memoria. Creo que cuando me entrevistaron en la cancha me enlazaron con Arturo Salah y le dije que era parte también él, porque él formó el grupo. Él hizo el equipo. Pero aparte de hacer un equipo, hizo un conjunto de personas, de seres humanos. Y tan homogéneo, tan compacto, que hicimos la diferencia”.

Recuerde alguna anécdota
“Había muchas bromas. Después de que terminamos la pretemporada, sábanas cortas, los colchones arriba del árbol, la ropa toda en la piscina… hacíamos cada cagada (risas)”.

¿Quién era su partner en el Colo-Colo 91?
“Estaba Miguel (Ramírez), el mismo Chano (Garrido), Javier (Margas), Daniel (Morón). Concentraba con el Pato (Yáñez) yo, Paul Anka. Tantas anécdotas que ya no me acuerdo. Tal vez donde me fui a México tampoco me las recordaban a cada rato. Tengo que hacer memoria para ver si de algo me acuerdo”.

Vilches y la Roja: Los inocentes castigados

vilches seleccion El debut de Eduardo Vilches en la selección chilena fue justo en el reencuentro de la Roja con el fútbol tras el episodio del Maracaná y Roberto Cóndor Rojas en 1989.

Eduardo Vilches jugó casi todos los partidos de la selección chilena entre 1990 y 1996. Titular fijo en las Copa América de 1991, 1993 y 1995. Su último partido fue en Barinas, en el 1-1 con Venezuela, el del despido de Xavier Azkargorta.

En palabras simples, Vilches estuvo en el periodo de transición, cuando la Roja quería volver pero no podía, porque él y sus compañeros fueron privados de jugar las Eliminatorias del Mundial EE.UU. 94.

Usted veía por televisión el Mundial de España, siendo juvenil de Magallanes. Aún no debutaba en Primera ¿Qué pensaba al verlo? ¿Se proyectaba estando en un torneo así?
“Uno de mis sueños era jugar un Mundial. Y nunca jugué un Mundial por el tema de Roberto Rojas. La generación que venía de atrás, chao. Los perjudicados fuimos nosotros”.

Jugadores como usted, Jaime Pizarro, Pato Toledo, Jorge Contreras y muchos otros, se pierden en su mejor momento estas Eliminatorias para EE.UU. 94 ¿Cómo lo vivió?
“Yo, muy triste. Dije: ‘Ya sancionaron a Chile, pero ¿qué culpa tenemos nosotros?’ Si hay sanciones, sanciona a los que estuvieron ahí, pero no sanciones a las generaciones que venimos detrás. Ellos fueron los responsables de esa situación, pero qué culpa teníamos nosotros, los que veníamos atrás. Nos castigaron a nosotros.
Está bien, a los responsables los castigaron, no pudieron jugar, de por vida incluso. ¡Pero no me sanciones a mí, si yo no he hecho nada!”

Usted debuta en la selección, de hecho, en los partidos del 90 ante Brasil, post Maracaná
“Si yo venía detrás, estaba ahí. Llegaba perfectamente el 94. Llegaba con 31 años. No se me dio la posibilidad de ir a un Mundial”.

¿No quedó con rabia con Cóndor Rojas?
“En ese momento no. Para nada”.

¿Después sí?
“No rabia, pero había un tema de decisiones que toma cada uno. Pero sí con la FIFA. Tan drástica que es la FIFA ¿no? Dije: ‘Lo mío ya fue’. Que saco con tener rabia o enojo si el perjudicado voy a ser yo mismo”.

La molestia entonces era con la FIFA más que con Roberto Rojas
“Es que creo que no fue solamente Roberto (el implicado en escándalo en Maracaná). Fueron varios, pero FIFA se equivocó. Uno puede hacer cualquier estupidez porque clasifique Chile, por querer ganar. Actuaron mal pero ellos tuvieron su castigo. Pero el otro castigo (no disputar el Mundial 1994) perjudicó a las generaciones que veníamos de más abajo”.

Mientras usted triunfaba en México, Nelson Acosta nunca lo nominó para las Eliminatorias a Francia 98
“No era harina de su costal”

¿Sintió que le faltó una oportunidad en ese proceso?
“Yo pienso que sí. Y sobre todo por la experiencia. A lo mejor no de titular, pero apoyando de atrás. Por la misma experiencia que te decía viví con Magallanes el 86. Nos faltó una referencia, un líder. Esa mezcla de jugador joven con experiencia, es buena.
Pero nunca me llamó. Ya está”.

En México usted es recontra-ídolo. Necaxa no salía campeón desde hace mucho tiempo. Supongo que para usted es una etapa casi tan potente como la de Colo-Colo
“Sí. Ambas fueron muy potentes. Necaxa venía casi todos los años anteriores a que llegué, haciendo buenas actuaciones. Era protagonista, llegaba a la Liguilla, pero salía a la primera o segunda ronda.
Es feo que uno lo diga, pero lo puede contar Ivo (Basay): Cuando llego el 94 estaban entrenando y yo llego y me paro fuera de la cancha, detrás de la reja. Y me ve llegar Ivo y abraza a su amigo el Beto Aspe y le dice: ‘Ves ese wey que viene allá. Ese wey trae la estrella’. Yo sin saber. Después me la comenta.
Efectivamente. Logramos no solo una estrella sino que varias. En cinco años jugué siete finales. Gané cinco y perdí dos. Necaxa era el patito feo de la familia, el hermano pobre. Hoy ya no. Fuimos un ícono y prácticamente fue declarado el equipo de la década en los 90. Del 94 al 99 estuvimos en casi todas las finales”.

En su corazón está Necaxa y Colo-Colo
“Vamos a decir ahora que tengo dos amores, deportivamente hablando. Colo-Colo, porque desde pequeño siempre soñé. Mi objetivo era ser alguien en el fútbol. Y gracias a dios no me pasó nada, no tuve lesión… y lo pude hacer con Colo-Colo, salí campeón de la Libertadores. Y eran tantos mis deseos que después dije: ‘Tengo que triunfar afuera’. ‘Lo tengo que hacer, lo tengo que hacer’.
Y llegué a Necaxa y lo pude hacer. Con varios títulos y como mejor defensa, en el equipo del año y todo eso.
Me di el gusto en una final de un minuto parar en el Estadio Azteca con 120 mil personas, mirar alrededor y dije: ‘¡Guau! Este momento lo tengo que vivir’. Y miré solamente. Fue en el primer título de liga contra el Cruz Azul”.

¿Cuál fue el delantero que más lo complicó?
“Para mí fue Batistuta. Por la velocidad que tenía este cabrón (risas). Y la estatura. Tenía potencia. Lo enfrentamos el 91 y me queda muy marcado el gol que nos hace y nos deja para pelear el tercer lugar (Copa América). También me tocó el monstruo Ronaldo. Y Romario.
Bueno, y en México, el gordo (Antonio) Mohamed, mañoso… Y Saturnino Cardozo”.

(Al terminar la charla con Eduardo Enrique Vilches Arriagada, caminamos juntos en medio de un gentío. Me parece increíble que nadie lo reconozca, nadie lo detenga para pedirle una foto o un saludo. ‘¿Si estuviéramos en el 91, no podríamos ir caminando tranquilos?’, le digo. Él sonríe y aprueba. Sabe que ha pasado tiempo, que vivió mucho fuera y tampoco es de los que vive del pasado. Lo suyo es el futuro. Su carrera de técnico. Lo que el campeón de América y el ídolo en México puede entregar a los que vienen.

Nos despedimos y Vilches se va al paradero del Transantiago a esperar el suyo. A su casa, en Colina, Vilches se fue en micro. Entremedio de la gente, como uno más. Como ese campeón silencioso que sabe que simplemente cumplió su sueño atravesando las distancias con constancia y resistencia).